martes, 25 de mayo de 2010

The Gift


Waldo Jeffers había llegado al límite. Ya era mediados de agosto, lo cual quiere decir que había pasado más de dos meses separado de Marsha. Dos meses, y lo único que había conseguido eran dos cartas manoseadas y dos conferencias telefónicas que habían costado mucho dinero. Es cierto que cuando término la escuela y ella volvió a Wisconsin y él a Locust, ella había jurado mantener cierta fidelidad. Salía con chicos de vez en cuando, pero solamente para divertirse. Permanecería fiel. 

Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para dormir por las noches y cuando lo conseguía tenía pesadillas horribles. Se pasaba la noche en blanco, agitándose y dando vueltas debajo de su colcha plisada, con los ojos inundados de lágrimas e imaginando a Marsha y sus promesas vencidas por el licor y los murmullos tentadores de algún Neanderthal, y cómo finalmente ella cedería ante las caricias del olvido sexual. Era más de lo que la mente humana puede resistir.

Le acosaban visiones de infidelidad de Marsha. Fantasías diurnas de abandono sexual impregnaban sus pensamientos. Y el problema era que nadie iba a entender cómo era ella en realidad. Solamente él, Waldo, lo entendía. él había captado de manera intuitiva todas las muescas y ranuras de la psique de ella. La había hecho sonreír: ella lo necesitaba y él no estaba (aaah ... )

Tuvo la idea el jueves antes del día en que tenía que celebrarse el desfile de las Artes tradicionales. Acababa de terminar de cortar y pulir los bordes del césped de los Edison por un dólar cincuenta y luego echó vistazo para ver si Marsha le había enviado aunque fuera unas palabras. Lo único que había era una circular de la Compañía Americana de Amalgamas de Acero preguntándole si necesitaba toldos. Al menos se habían molestado en escribirle. Era una campaña de New york. El correo llega a todos lados. 

Luego se le ocurrió. No le llegaba el dinero para ir a Wisconsisn de la manera convencional, es verdad, ¿pero por qué no se enviaba a sí mismo por correo?. Era tan simple que resultaba absurdo. Se enviaría a sí mismo como paquete postal certificado. Al día siguiente Waldo fue al supermercado para comprar el equipo necesario. Compró cinta aislante, una grapadora y una caja de cartón de tamaño mediano, la apropiada para una persona de su tamaño. Estimó que apretándose un poco podría ir bastante cómodo. Unos cuantos agujeros para respirar, un poco de agua y a lo mejor un aperitivo para la medianoche y probablemente sería como viajar en clase de turista.

El viernes por la tarde Waldo se puso en marcha. Iba cuidadosamente empaquetado y la oficina postal aceptó recogerlo a las tres en punto. Había marcado el paquete como "frágil", y allí sentado encogido en el interior, apoyado en el acolchonamiento de espuma que había tenido la sensatez de incluir, intentó imaginar la cara de sorpresa y felicidad que pondría Marsha cuando abriera la puerta, viera el paquete, diera una propina al cartero y luego tal vez podrían ver una película. Ojalá todo esto se le hubiera ocurrido antes. De pronto unas manos cogieron el paquete con rudeza y se encontró con que lo estaban levantando en vilo. Aterrizó con un ruido sordo en un camión y partió.

Marsha Bronsosn acababa de peinarse. Había pasado un fin de semana muy duro. Tenía que acordarse de no beber tanto. Bill se lo había tomado muy bien, a pesar de todo. Después de romper le había dicho que todavía la respetaba, y después de todo, no quería ir contra la naturaleza, y aunque, era cierto que no la quería, sí sentía afecto por ella. Y después de todo, eran adultos. Cuántas cosas podía enseñarle Bill a Waldo. Pero parecía que todo aquello había ocurrido muchos años atrás.

Sheila Klein, su mejor amiga, cruzó la puerta mosquitera del porche y entró a la cocina. 
- Dios mío, hay una humedad tremenda ahí afuera.-
-Te entiendo muy bien, me siento toda pringosa- Marsha se apretó el cinturón de su albornoz de algodón con rebordes de seda.
Sheila pasó el dedo por encima de unos granos de sal que había sobre la mesa de la cocina, se lo chupó e hizó una mueca. - Se supone que tengo que tomar unas píldoras de sal, pero ... -arrugo la nariz- ... me dan ganas de vomitar.-
Marsha empezó a darse golpecitos debajo de la barbilla, un ejercicio que había visto en la televisión: - Dios ni me lo menciones- se levantó de la mesa y fue al fregadero, allí cogió un frasco de vitaminas de color azul y rosa. - ¿Quieres una? dicen que son mejores que un filete - luego intentó tocarse las rodillas-. NO creo que vuelva a probar un daiquiri nunca más- abandono el ejercicio y volvió a sentarse, esta vez junto a la mesita donde estaba el teléfono-. A lo mejor llama Bill- le dijo a Sheila, que la estaba mirando.
Sheila se mordisqueó una cutícula. - Después de anoche pensé que habías acabado con él-
- Te entiendo muy bien. ¡Dios mío, era como un pulpo, no paraba con las manos!- Hizo el gesto de levantar las manos para defenderse-. El problema es que al cabo de un rato una se cansa de pelear con él, ya sabes, y después  de todo no hice nada de nada ni el viernes ni el sábado, así que en cierta manera se lo debía, ya me entiendes- empezó a rascarse.-
Sheila soltó una risita y se tapó la boca con la mano: - Te lo aseguro, yo me senti igual y al cabo de un rato- Se inclinó para susurrar- incluso tuve ganas. - Ahora se rió en voz alta.-

Fue en ese punto de la conversación cuando el señor Jameson de la oficina de correos de Clarece Darrow llamó al timbre de la enorme casa de madera estucada. Cuando Marsha Bronsosn abrió la puerta, le ayudó a meter dentro el paquete. Le hizo firmar las tiras de papel amarillo y verde y se marchó con una propina de quince centavos que Marsha sacó de la pequeña billetera de color beige que su madre tenía en el cuarto de estar.
-¿ Qué crees que será?- Pregunto Sheila.
Marsha se quedó de pie con los brazos cruzados tras la espalda. Miró aquella caja de cartón marrón que ocupaba el centro de la sala: - No lo sé-.
Dentro del paquete, Waldo temblaba de excitación y escuchaba las voces amortiguadas. Sheila pasó la uña por la cinta aislante que recorría el centro de la caja de cartón: - ¿Por qué no miras el remitente y así verás de quién es?-
Waldo sintió los latidos de su corazón. Notó la vibración de los pasos. Ya faltaba muy poco.
Marsha fue al otro lado de la caja y leyó la etiqueta garabateada: - Dios, si es Waldo. – Ese Gilipollas- dijo Sheila.- Waldo temblaba de excitación. – Bueno ábrela de todos modos- dijo Sheila, y las dos intentaron levantar la tapa grapada-
-¡Oaaah!- gimió Marsha. Debe de haberla clavado – tiraron otra vez de la tapa.
- Dios Mío, hace falta un taladro eléctrico para abrir esta cosa- tiraron de nuevo.-
-No se puede agarrar.- Las dos se pusieron de pie jadeando-
-¿Por qué no traes las tijeras?- dijo Sheila.
Marsha corrió a la cocina pero solamente encontró unas tijeras pequeñas de coser. Luego se acordó de que su padre guardaba una colección de herramientas en el sótano. Corrió escaleras abajo y cuando volvió a subir llevaba un cúter metálico enorme en la mano.
-Esto es lo mejor que he encontrado- le faltaba el resuello- Ten hazlo tú, yo creo que me voy a morir- se desplomo en su enorme y mullido sofá y soltó un ruidoso soplido.

Sheila intentó hacer una incisión entre la cinta aislante y el extremo de la tapa de la caja, pero la hoja del cúter era demasiado grande y no tenía sitio. –Me cago en este chisme- dijo, sintiéndose exasperada. Luego sonrió-. Tengo una idea. -¿qué?- dijo Marsha. – Mira y verás- dijo Sheila y se tocó la cabeza con el dedo.

Dentro del paquete, Waldo estaba tan paralizado por la excitación que apenas podía respirar. Le picaba toda la piel con el calor y notaba el pulso de la sangre en la garganta. Ya faltaba poco.
Sheila se puso de pie y caminó hasta el otro lado de la caja. Luego se puso de rodillas, cogió el cúter con las dos manos, cogió aire y hundió la hoja cuan larga era en  la mitad del paquete, atravesando la cinta aislante, atravesando el cartón, atravesando el acolchonamiento y clavándola justo en medio de la cabeza de Waldo Jeffers, que se abrió un poco y provocó que una serie de pequeños arcos de color rojo se formaran y latieran de forma rítmica bajo el sol matinal.
Lou Reed

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